CONFESIONES DE UN BURGUES DE SANDOR MARAI PDF

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Author:Zologul Mobar
Country:Malta
Language:English (Spanish)
Genre:Career
Published (Last):28 February 2009
Pages:308
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ISBN:579-7-31620-258-5
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En la ciudad no haba ms que una docena de edificios de dos pisos: nuestra casa, los dos cuarteles militares y algn que otro inmueble de la administracin pblica. Ms tarde se construira el palacio de la comandancia del destacamento del ejrcito, tambin de dos pisos y con elevador elctrico. Nuestra casa se encontraba en la calle principal, la calle Fo, y se revelaba digna de cualquier gran metrpoli.

Se trataba de un edificio de viviendas de alquiler, de fachada y portal amplios y con unas escaleras anchas y cmodas en las que sola haber corrientes de aire. Por las maanas, los vendedores ambulantes montaban sus puestos en las aceras enfundados en sus abrigos cortos de lana blanca y sus gorras de piel de oveja, despachaban sus productos y coman pan con tocino, fumaban en pipa y escupan constantemente.

En cada una de las plantas haba una larga hilera de doce ventanas que daban a la calle. Los pisos de la primera, incluido el nuestro, tenan balcones de cuyos barrotes colgbamos en verano unas macetas con geranios el lema municipal era: Embellece tu ciudad!

El nuestro era sin duda un edificio magnfico, pero sobre todo se consideraba respetable y prestigioso. Se trataba de la primera casa verdaderamente moderna de la ciudad, con una fachada de ladrillo rojo que el arquitecto haba decorado con imaginativos ornamentos de yeso bajo las ventanas, de una casa llena de todos los oropeles que la ambicin de un proyectista de fin de siglo poda haber soado para un edificio de pisos de alquiler. Todos los edificios de la ciudad, incluso los de alquiler, parecan casas familiares.

La verdadera ciudad era casi invisible, pues se haba construido hacia el interior, tras la fachada de una sola planta de la mayora de los edificios. Si el viajero se asomaba a uno de esos portales abovedados, vea cuatro o cinco casas construidas en el patio, en las que vivan los nietos y bisnietos de los dueos; cuando algn hijo se casaba, se construa una nueva ala junto a alguna vivienda ya existente.

La ciudad, pues, se ocultaba en los patios de sus casas. Los vecinos vivan volcados hacia el interior, escondidos, cautos y recelosos, y con el tiempo cada familia consigui levantar un pequeo barrio propio, una pequea manzana de casas cuya nica representacin oficial ante el mundo era la fachada de la casa principal.

No es extrao, por tanto, que el edificio en el que mis padres haban alquilado un piso a principios de siglo se considerase un autntico rascacielos y tuviese enorme fama en toda la provincia. Aunque en realidad era uno ms de los tristes edificios que se estaban construyendo a centenares en la capital: la puerta de entrada a cada piso se abra a una especie de pasillo con barandilla que colgaba por encima del patio, haba calefaccin central en todas las viviendas, y las criadas tenan sus aseos propios, apartados, cerca de las escaleras de servicio, donde estaban tambin los lavaderos.

Hasta entonces no se haba visto nada parecido en nuestra ciudad. La calefaccin central era algo reciente y novedoso, pero tambin se hablaba mucho de los aseos de las criadas, puesto que durante siglos nadie se haba preguntado por simple pudor dnde hacan sus necesidades.

El arquitecto moderno que haba construido la casa estaba considerado un espritu renovador por haber separado de forma tan tajante el sitio reservado al aseo de los seores del de las criadas. En mi poca de colegial sola ufanarme de que en nuestra casa hubiese unos aseos exclusivamente destinados a ellas.

Pero lo cierto era que las criadas por pudor y por extraeza no utilizaban esos aseos y que nadie saba dnde hacan sus necesidades. Probablemente en el mismo lugar en que lo haban hecho siempre, durante siglos, desde el principio de los tiempos.

El arquitecto haba dispuesto de lo que haba querido, no haba tenido que escatimar ni espacio ni materiales. La puerta de entrada de cada piso daba a un recibidor del tamao de una habitacin grande donde sola haber un armario con espejos y un cepillero bordado colgado en la pared, adems de una cornamenta de ciervo; el recibidor sola ser muy fro en invierno porque se haban olvidado de instalar all un radiador o cualquier otro tipo de calefaccin, y los abrigos de piel de los invitados se llenaban de escarcha en las perchas.

Las criadas y los miembros de la familia, incluso los padres, entraban desde el pasillo por una puerta de cristal ms pequea, situada al lado de la cocina, que no tena ni timbre, de modo que haba que llamar a la ventana de la cocina. Incluso los amigos entraban por all.

La entrada principal slo se utilizaba un par de veces al ao, el da del santo de mi padre y algn da de carnaval. Yo llegu a pedir a mi madre como regalo de cumpleaos que, un da cualquiera de la semana y exclusivamente en mi honor, se abriera la puerta grande de las escaleras y se me permitiera entrar en casa por ella.

El patio, rectangular, era enorme. En el centro haba una estructura de madera para tender las alfombras y quitarles el polvo que pareca un cadalso para realizar varias ejecuciones simultneas, y a su lado, un pozo del que se abastecan de agua los pisos mediante una bomba elctrica. En nuestra ciudad el sistema de canalizacin era muy rudimentario por aquel entonces. Todos los das, al alba y al atardecer, la esposa del portero apareca al lado del pozo, pona en marcha el motor y esperaba hasta que un pequeo chorro de agua caa por el tubo de seguridad situado bajo el canaln del segundo piso, seal que indicaba que se haban llenado todos los depsitos.

Ese espectculo reuna por las tardes a todos los vecinos del edificio, especialmente a los nios y a las criadas, que no se avergonzaban de observarlo. En aquellos aos ya haba luz elctrica en casi todas las casas de la ciudad; su uso se combinaba con el de las lmparas de gas.

En muchos sitios seguan emplendose tambin lmparas de petrleo. Hasta el fin de sus das, mi abuela tuvo una colgada del techo de su habitacin; y durante el ao que pas en una ciudad vecina preparando el bachillerato como pensionista en casa de un maestro, dediqu las noches a estudiar y jugar a las cartas bajo la luz de una lmpara de petrleo, aunque ya entonces era consciente de lo atrasado de la situacin y mi orgullo se revelaba contra el hecho de tener que malvivir en tales circunstancias.

Cuando yo era pequeo nos sentamos orgullosos de tener luz elctrica, pero cada vez que podamos encendamos las lmparas de gas, de luz ms dulce y suave, incluso para cenar si no haba invitados. El piso ola a gas a menudo. Ms adelante, un hombre muy ingenioso invent un dispositivo de seguridad, una placa de platino que se colocaba encima de la llama.

Cuando haba una fuga de gas, esa placa empezaba a vibrar y arder y acababa estallando. Mi padre, gran amante de las novedades tcnicas, fue uno de los primeros de la ciudad en adquirir tal dispositivo. Sin embargo, tambin seguamos usando lmparas de petrleo, sobre todo las criadas en la cocina; y el portero continuaba encendindolas en las escaleras y los pasillos.

La luz elctrica era muy preciada, pero se consideraba poco fiable. La calefaccin central produca ms ruido que calor, y como mi madre no se fiaba completamente de aquel artilugio que funcionaba con agua caliente y vapor, hizo instalar una estufa antigua en la habitacin de los nios.

Todos esos maravillosos inventos de principios de siglo hacan la vida un poco ms difcil, pues los inventores aprendan a nuestra costa. Unas dcadas ms tarde, el mundo rebosaba de luz elctrica, de agua caliente, de vapor y de motores de explosin; pero en mi infancia los inventores todava experimentaban con sus artefactos, y todo lo que aquellos ingenieros vanguardistas vendan a sus ingenuos adeptos resultaba imperfecto e inservible.

La electricidad parpadeaba y daba una luz amarillenta que casi no alumbraba. La calefaccin dejaba de funcionar precisamente en los das ms fros o inundaba la casa de un vapor demasiado clido, por lo que siempre estbamos resfriados. Pero haba que respetar la poca moderna. La hermana mayor de mi madre, sin embargo, se resista por completo a respetar la poca moderna y atiborraba de lea sus estufas de porcelana blanca; nosotros, en consecuencia, nos refugibamos en su casa para calentarnos, algo que resultaba imposible con la calefaccin central, y nos deleitbamos con el calor constante y uniforme, adems de perfumado, de los troncos de haya.

Un viento cortante que soplaba con insistencia recorra infatigablemente el patio de nuestra casa, que estaba desprotegido y abierto al norte, a las altas montaas de nieves perpetuas que formaban un semicrculo en torno a la ciudad. El arquitecto haba aadido dos alas de una sola planta a ambos lados del edificio principal, y al fondo del patio haba levantado una especie de cabana, una bonita casa de dos habitaciones en la que viva el portero con su familia.

El conjunto era muy amplio, ocupaba bastante espacio, y no se haban construido dos plantas porque, evidentemente, ni el propio arquitecto confiaba en que se alquilaran todos los pisos del edificio.

La construccin tena un aire muy propio de su poca, la gloriosa poca del capitalismo rampante, ambicioso, constructor y emprendedor. Era el primer edificio de la ciudad que no se haba construido con el propsito de que sus habitantes vivieran entre sus paredes hasta el fin de sus das, y tengo entendido que ya no queda ninguno de los inquilinos que vivan en aquellos pisos a principios del siglo XX.

Eran autnticos pisos de alquiler. Las antiguas familias de la ciudad nunca habran vivido en un piso de aquel edificio, y adems sentan cierto desprecio por sus desarraigados habitantes, llegados de quin sabe dnde. Mi padre tambin consideraba que un seor no deba pagar un alquiler ni vivir en una casa que no fuese la suya propia, y por tanto haca todo lo posible para que pudisemos comprar una. Sin embargo, pasaron tres lustros hasta que lo consigui. A la casa de propiedad yo ya slo iba de visita, pues estudiaba fuera de la ciudad, y no tengo ningn recuerdo agradable de aquella casa intilmente grande, casi suntuosa.

Mi infancia haba transcurrido en los pisos de alquiler. Cuando pienso en la palabra hogar, veo el enorme patio del edificio de la calle F, los largos pasillos colgantes con sus barandillas, el artilugio para desempolvar las alfombras y el pozo con bomba elctrica.

En el fondo era una casa fea y deforme; nadie saba cmo haba llegado hasta all y sus habitantes no mantenan relaciones de amistad; en realidad ni siquiera eran buenos vecinos.

Estaban divididos por castas, clases o religin. En las casas antiguas, en las de una sola planta, an vivan familias con todos sus miembros, que eran amigos o enemigos pero que tenan una relacin inevitable con todos los dems, tenan algo en comn.

En el edificio vivan dos familias judas, una rica y otra pobre. Los judos ricos, "neolgicos" y progresistas, laicos y convertidos en burgueses pudientes, haban alquilado el piso ms grande de la segunda planta, que ocupaba toda la fachada, y vivan bastante encerrados en su casa; eran muy orgullosos y no buscaban el contacto con ningn vecino.

La otra familia viva en la planta baja, en la parte trasera del patio; era una familia ortodoxa, muy numerosa, muy pobre y muy fecunda, que no dejaba de aumentar con el nacimiento de los hijos y que acoga tambin a otros familiares emigrados de la provincia polaca de Galitzia; vivan todos en aquel piso de tres habitaciones, oscuro y apartado, que los das de fiesta se llenaba de invitados y otros parientes que parecan reunirse para tomar una decisin importante.

Esos judos pobres aunque en realidad no s hasta qu punto lo eran se vestan con los trajes tpicos de Galitzia y respetaban su religin en todo, y lo cierto es que los inquilinos cristianos los miraban con mejores ojos que a los neolgicos, que eran ricos pero estaban aislados.

A menudo ocurra que algn miembro de la familia de los judos pobres se cortaba la perilla y la barba, se quitaba el caftn y el gorro forrado con piel de zorro y empezaba a vestir ropa de la poca; esos cambios se produjeron rpidamente en la mayora de ellos. Los nios iban ya al colegio laico municipal y algunos de los adolescentes estaban inscritos en el instituto.

Al cabo de unos quince aos no haba en el edificio, y tampoco en la ciudad, un solo judo con caftn. El matrimonio que viva en nuestra casa tena tantos hijos que no recuerdo a ninguno de ellos en especial, aunque, curiosamente, esta familia tena con los vecinos catlicos una relacin ms confidencial y distendida que la otra, la familia rica y neolgica. Se hablaba de aquella familia numerosa en tono proteccionista y solidario, casi como si fuesen nios de pecho: se hablaba de ellos como nuestros judos y se repeta hasta la saciedad que eran personas buenas y muy honradas, as que nos sentamos casi orgullosos de que en nuestra moderna casa hubiera unos judos de verdad.

A los miembros de la familia juda que viva en el segundo piso los veamos poco. Ellos llevaban una vida mundana, viajaban mucho y educaban a sus hijos en colegios e institutos catlicos. La mujer era delgada y triste y padeca del corazn, tocaba muy bien el piano y encargaba sus vestidos a sastres de la capital.

Las dems mujeres del edificio, burguesas y pequeoburguesas, la envidiaban, claro est. Epub y Mobipocket Exclusivos para miembros V.

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