EL CANALLA SENTIMENTAL JAIME BAYLY PDF

The Dw York Times. Later he resumed the program. This page was last edited on 25 Novemberat He wrote other novels, all of them on politics, sexual freedom and friendship. He has won an Emmy Award and two of his books have been adapted into international movies. Bayly was born to an upper class Anglo-Peruvian family.

Author:Kajikinos Voshura
Country:Brazil
Language:English (Spanish)
Genre:Sex
Published (Last):17 January 2015
Pages:197
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ISBN:526-9-42343-187-5
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Su familia se escandaliza ante su exhibicionismo. Su ex suegra lo quiere matar. Jaime Bayly retrata el particular mundo de Jaime Baylys con su indiscutible talento, su destreza narrativa y su brillante sentido del humor en esta descarada e inolvidable novela.

Soy materialista pero no me gusta ir de compras. Tengo amor propio pero soy autodestructivo. Soy narcisista pero con impulsos suicidas. Soy libertino pero no me gusta el sexo. Creo en la democracia pero no me gusta ir a votar. Creo en el sexo seguro pero soy sexualmente inseguro. Soy bisexual pero asexuado. Me gusta leer pero no leerme. Me gusta escribir pero no que me escriban. Soy provocador pero ya no me provoca serlo. No consumo drogas pero las echo de menos.

Creo en el amor a primera vista pero soy miope. Soy un mal escritor pero una buena persona. Soy una buena persona pero no cuando escribo.

Jaime viaja constantemente a estas tres ciudades para atender a las diferentes facetas de su vida. Adora vivir solo y tener el piso lleno de calcetines, clips Desde entonces no ha podido dejar de escribir.

Se trata de ropa y cosas para el colegio. Por suerte recibo el correo con los encargos, lo imprimo, voy a las tiendas elegidas por Camila y compro las cosas que me ha pedido. Mi ex suegra no me quiere y tiene buenas razones para no quererme. Ve el papel con mi correo y mi clave y no duda en encender la computadora y meterse a espiar mis correos.

No la culpo. Yo hubiera hecho lo mismo. Pero no lo encuentra. No espera encontrar lo que se abre de pronto ante sus ojos: correos amatorios inflamados no de una sino de cuatro mujeres que me escriben desde distintas ciudades y a las que respondo de un modo no menos apasionado. Ana vive en Liniers y tiene en la espalda un tatuaje con mi nombre. Tiene el buen gusto de no decirme nada y sigue con su vida atareada.

Es, como se ve, una mujer encantadora. Al caer la noche, camino al videoclub y alquilo Less than zero. Me pagan en efectivo.

Meto los billetes dentro de una media polar y la arrojo de vuelta al piso. Pienso: Soy una persona astuta. Luego sigo con mi vida y me olvido del asunto. Debo lavarlas. No tengo una lavadora en casa.

Mientras tanto, llevo la ropa a un lavadero cercano, el lavadero artesanal El Alquimista, de la calle 25 de Mayo. Se arrepiente de haber regresado a la Argentina. El tipo carga el bolso, lo pesa mentalmente y calcula de un modo irrebatible que son dos medidas, o sea, doce pesos. Salto de la cama, reviso el cuarto, no encuentro la media.

Desesperado, revuelvo todo, pero no consigo dar con ella. Es obvio que la he dejado en el lavadero con la ropa sucia. Salgo agitado y camino a toda prisa. El tipo del lavadero se sorprende al verme. Le digo el monto. Se lleva las manos a la cabeza. Me pasa una media tras otra. Me duelen los pies. Me atienden enseguida. La chica se llama Rosa. Me dice: —Te voy a proponer algo que te va a encantar. No parezco apropiadamente vestido para Miami.

Quedo pasmado. Miro mis zapatos. El asistente del magnate me responde: —Porque a mi jefe no le gusta que entre la cochinada a su oficina.

Subimos una escalera alfombrada. Nos abrazamos. Nos sentamos en unos sillones igualmente blancos, impolutos. El asistente permanece con nosotros. Nos halagamos mutuamente. Somos muy listos. Somos estupendos. Estamos encantados de ser quienes somos.

Es todo muy feliz. Es todo muy falso y vulgar. El magnate sube el volumen a tope. Todo, por supuesto, es mentira. El asistente sale de la oficina conmigo.

Una recepcionista me devuelve mis zapatos, bastante asqueada. Nunca he sabido decir que no: para complacerlo, meto mis pies con tres pares de medias dentro de esas horribles sandalias. No puedes usar las sandalias con medias. El asistente me mira consternado, sin entender mi mal gusto para vestir. Me despido deprisa, subo a la camioneta y, mientras acelero con mis sandalias regaladas, siento ganas de huir de esa tarde falsa, de ser otro, de regresar a Buenos Aires. Tal vez por eso me detengo en una esquina, me quito las sandalias y las arrojo a la calle.

Saco una banana y una barra de granola. Pienso: Deben de ser gatos techeros o roedores que vienen por la comida. Voy al cuarto de maquillaje. Es una mujer bella y famosa. Es cantante y actriz. Uno de ellos lleva varios vestidos como si llevara un tesoro incalculable.

Saludo a la bella dama. Le digo que la admiro mucho. Ella me dice lo mismo. Todo es mentira. La naturaleza misma del encuentro es de una falsedad innegable. La diva y yo, masticando papas fritas, nos decimos mentiras dulces, convenientes.

Algo, sin embargo, se interpone en el camino entre ella y sus vestidos relucientes y sin asomo de arruga alguna. Es una rata grande, gorda, insolente, desafiante. Puede incluso que no sea una rata, que sea pariente de una rata, alguna criatura aviesa de la familia de las ratas. La rata chilla, pero no huye.

Al parecer hambrienta, se acerca al enrollado y lo olfatea. En un momento de rabia, pierdo el control y le arrojo una lata de coca-cola a la intrusa. Para mi mala suerte, no le acierto. Saliendo del programa, suena el celular. Es un amigo argentino. Me invita a casa de un cantante famoso a comer un asado. Le digo que es tarde, que estoy maquillado y en traje.

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Jaime Bayly, el canalla sentimental

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